Luego de haber consumado su odio
religioso ocurrieron tremendas señales: el velo del templo se rasgó, la
tierra tembló, las rocas se partieron, se abrieron sepulcros de muchos santos y
resucitaron. Y los guardias al ver todo esto temieron y exclamaron:
“Verdaderamente éste era Hijo de Dios”1
Los religiosos tuvieron todo el
sábado para reflexionar, pero al contrario, testarudamente se reunieron
solicitando ante la autoridad: “Aquel engañador dijo que resucitaría al tercer
día, manda a sellar y cuidar su tumba”2
La religiosidad condena; Jesucristo
perdona y salva.
1Mt.27:51-54;2Mt.27:62-66
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