El verdadero cristiano vive en este
mundo pero sabe que no es de este mundo y por lo tanto suele ser
aborrecido, porque no comparte las prácticas pecaminosas que el resto
del mundo.
Ser la luz en el mundo tiene su precio, y consiste en renunciar a los
placeres mundanales y alumbrar en la oscuridad.
Estamos aquí, vivimos aquí: en las
fábricas, comercios, oficinas, parques, calles y la ciudad; pero nuestra misión
es ser luz para un mundo oscuro de
pecado(2Cor.10:3).
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